Monday, January 17, 2011

Los Contracorrientes - [Mil Años de Sueños]

Esta extensa pradera siempre ha estado surcada por fuertes vientos.

Puede que la topografía de la zona tenga algo que ver, pero la dirección del viento siempre es la misma, sin importar la estación del año:

De Este a Oeste, desde levante hasta poniente.






Los Contracorrientes







Debido al viento incesante, los troncos y ramas deformes de los arbustos se inclinan hacia el oeste. Aquí la hierba no crece alto y las plantas que se elevan un poco más acaban doblándose apuntando hacia el Oeste.

Las caravanas los pastores pasan por el único camino que atraviesa la llanura. No es que "vengan y vayan" sino que solo van, trasladándose de Este a Oeste, ayudados por el impulso del viento. Los viajeros que se desplazan de Oeste a Este siempre siguen la ruta tortuosa que serpentea alrededor de las montañas del sur. Así es mucho más largo pero también mucho más rápido que atravesar la llanura contra el viento.

El camino que atraviesa la pradera recibe el nombre de Río del Viento.

Del mismo modo que las aguas de un gran río no cambian de dirección jamás, las pisadas surcan este camino en el sentido, desde un pasado remoto, y seguirán así por mucho tiempo: de Este a Oeste.

Las siluetas de los hombres que se recortan contra el horizonte por donde se eleva el sol desaparecen en el horizonte tras el que el sol se oculta.

Nunca se cruzan con ningún viajero, excepto en muy contadas ocasiones.

La primera vez que se encontró Kaim con el Río del Viento, la muchacha era una niña.
-¿Mi abuela vivía entonces?
En respuesta a la pregunta despreocupada de la chica, Kaim sonríe y contesta:
-Sí. Y era una anciana muy agradable.
La joven mira atrás y señala hacia la cordillera que se pierde en la distancia.
-Mi abuela atravesó siete montañas cuando hizo el viaje.
-¿Siete son muchas?
-Ajá. Mi abuela vivió mucho tiempo. La mayoría termina el viaje después de cinco montañas. La gente que dejan atrás excava una pequeña tumba donde finalizó el viaje, y después continúan su andadura...
La muchacha señala el suelo que pisa.
-Esto es todo lo lejos que he llegado -anuncia con una sonrisa orgullosa y jovial. La religión de la joven y su familia profesa la creencia pía de que si dedican su vida a caminar hacia el Este, contra el soplo del Río del Viento, llegarán al nacimiento del mismo.
A los que siguen esa religión la gente los llama "Contracorrientes".
El término amalgama trazas de miedo y tristeza con otras de desprecio y recelo.

Los Contracorrientes desconocen los deseos terrenales. La única finalidad de su existencia es desplazarse hacia el Este a pie. Están libres de duda. Sus hijos nacen por el camino y los crían a medida que avanzan. Cuando envejecen y las fuerzas los abandonan, su marcha acaba. Pero los familiares no se detienen.


Su fe se transmite de los hijos a los nietos, a los bisnietos...

La andadura de la familia de la muchacha la inició su difunta abuela, quien empezó a caminar desde el extremo oeste del Río del Viento junto a su hijo, que entonces tenía la edad que ahora tiene la chica.

Los Contracorrientes no caminan a lo largo de todo el año, por supuesto. Durante la estación en que los vientos soplan con más fuerza de lo habitual (desde finales de otoño hasta principios de primavera), se albergan en los distintos pueblos que hay distribuidos a lo largo de la ruta, en los que ahorran algún dinero realizando los trabajos que los habitantes se niegan a hacer. Algunos Contracorrientes deciden quedarse en los pueblos, mientras que otros, por el contrario, convencen a algún residente para que los acompañen cuando retoman la marcha en primavera. Se trata de personas de las que se han enamorado durante el largo invierno, de jóvenes que sueñan con viajar o de adultos cansados de la vida sedentaria.

Por esto es por lo que los aldeanos miran con desconfianza a los Contracorrientes. La madre de la joven fue de los que se unieron por el camino y tal vez, dentro de unos años, la muchacha se enamore de alguien al hospedarse en algún pueblo. Entonces tendrá que elegir entre establecerse en ese lugar o invitar a su pareja a acompañarla. A día de hoy no tiene ni idea de lo que le deparará el futuro.

Su padre la llama: -¡Hora de continuar!
-El breve descanso ha terminado.
La chica parece lamentar tener que seguir y se pone de pie a regañadientes.
-Lo siento -dice-.
Ojalá pudiera seguir conversando contigo, pero hemos de llegar al próximo pueblo antes de que caigan las primeras nieves.
Tiene las mejillas coloradas y secas y los labios agrietados debido al castigo continuo del viento, pero su sonrisa es deslumbrante cuando le desea a Kaim un buen viaje. Es el gesto sereno de quien cree con firmeza en el sentido de su vida, sin albergar la menor duda.

-¿Nos volveremos a ver? -pregunta.

-Quizá

-Responde Kaim, quien le devuelve la sonrisa, que no se puede equiparar a la de la joven. Se encuentra realizando un viaje que lo llevará más allá del extremo oeste del Río del Viento. Se dirige, como el mercenario que es, hacia el campo de batalla para cuando finalicen los combates del Oeste, un nuevo conflicto habrá estallado al Este.

Será un viaje largo y cruel que no le ofrecerá nada en lo que creer. Cuando por el camino se vuelva a encontrar a la muchacha, la sonrisa de Kaim será aún más lúgubre que ahora.

Tal vez a modo de regalo de despedida, la joven le canta unos versos:


Este viento, ¿de dónde proviene? 
¿Dónde su viaje comienza? 
¿Viene de donde la vida nace?
¿O empieza donde todo termina? 

-Adiós, entonces -dice la chica, que camina penosamente, con paso forzado, mientras el viento le peina el cabello.

Han pasado diez largos años cuando Kaim se reencuentra con la muchacha.

Es primavera y la llanura está moteada de hermosas flores blancas.
Ahora es la esposa de un joven sastre y zapatero de uno de los pueblos.
-Es la tercera primavera que paso aquí -dice al tiempo que se pasa la mano con cariño por la barriga abultada.
Dentro de unos días dará a luz a su bebé. Será madre.

-¿Y tus padres...? -pregunta Kaim.
La muchacha se encoge de hombros y mira hacia el Este.

-Continúan su viaje. Soy la única que se quedó aquí.

Kaim no le pregunta por qué lo ha hecho.
Seguir viajando es un estilo de vida y establecerse en un pueblo es otro.
Lo uno no es más correcto que lo otro. La única respuesta que la joven puede dar la expresa su sola sonrisa.

-Pero no te preocupes por mí -dice mirándolo extrañada-. No has cambiado nada desde el día en que nos conocimos, hace tanto tiempo. Para el milenario Kaim, diez años no son más que un parpadeo.
-Hay a quien le ocurre -dice Kaim forzando una sonrisa-.
Algunas personas no envejecen nunca, por muchos años que tengan.
-Mira a la muchacha, que ya es toda una mujer, y se pregunta de nuevo

si vivir eternamente es una bendición o una maldición.

El comentario de Kaim apenas le sirve como explicación a la joven, pero esta lo mira como si lo comprendiera.
-Si ese es tu caso -observa-, no tendrías problema en llegar a la cuna del viento. Serías el Contracorriente perfecto.
La chica podría tener razón: después de todo, la vida de los seres humanos es demasiado breve para que a ninguno le dé tiempo a viajar en contra del soplo del Río del Viento hasta donde este nace.


Aún así, Kaim responde meneando la cabeza con pesar.
-No estoy preparado para hacer el viaje.
-¿No? Cualquiera puede ser un Contracorriente. Es decir, cualquiera que desee ver con sus propios ojos de dónde brota el viento.
-Dicho esto, empero, la muchacha añade con tono triste-: Aunque supongo que nadie lo ha visto en realidad.

La cuna del viento: ese lugar no existe. Incluso aunque después de un largo viaje se llegara al extremo Este del Río del Viento, allí también soplaría el viento. Y no solo el del este, sino también el del oeste, el del norte, y el del sur: vientos sin límite, sin fin.
Los humanos, que no viven para siempre, se atreven a emprender un viaje sin término. Esta podría ser la tragedia última, aunque también la comedia final. Con todo, Kaim sabe una cosa: no es algo que se deba considerar un ejercicio de futilidad.

-¿Y tú? - le pregunta a la chica-. ¿No piensas retomar tu viaje?
La joven se lo piensa durante lo que dura un suspiro y, a la vez que se acaricia el vientre, ladea la cabeza y responde: -Tal vez quiera vivir siempre como ahora. O quizás me abandonaré algún día al deseo de conocer la cuna del viento.

Todos los contracorrientes sin excepción dicen que nunca se sabe qué te puede hacer retomar el viaje. Un día, sin más, abandonas la vida en el pueblo y empiezas a caminar.
No solo es cuestión de que te encuentres con un Contracorriente y este te haga volver al camino: muchos parten en soledad el día menos pensado.
Según la filosofía de los Contracorrientes, todas las personas albergan el deseo de viajar constantemente. Quizá no sean conscientes de este ansia porque lo tienen tan enterrado en el pecho que ni siquiera lo intuyen.
Pero en cuanto algo lo hace emerger, la persona se convierte en Contracorriente.

-Incluso tú tienes ese deseo -le asegura la muchacha a Kaim.
-Me pregunto...
-Es cierto -dice ella-. No lo dudes.
La mirada de la joven es tan franca y segura como la última vez que la vio.

Apresándolo con los ojos, la chica se señala al pecho.

-Todavía tengo una oportunidad.
-Pero seguro que eres feliz con la vida que llevas.

-Desde luego que sí.
-¿De verdad crees que llegará el día en que querrás reanudar el viaje, aunque ello implique poner fin a tu felicidad? - En lugar de contestar, la muchacha le sonríe con ternura.


Han transcurrido muchos años pero de cuando en cuando Kaim encuentra algo que le trae a la memoria las palabras de la chica: todo el mundo alberga el deseo de viajar ininterrumpidamente. Para Kaim la vida es en sí misma un viaje infinito.

A lo largo de su periplo ha sido testigo de incontables muertes y ha presenciado innumerables nacimientos. La vida humana es demasiado fugaz, demasiado frágil y efímera.

Aunque mientras más medita sobre su evanescencia, más siente, inexplicablemente, que palabras como "eterna" y "perpetua" definen mejor la vida, finita como es, que ninguna otra cosa.

Kaim ha remontado el Río del Viento por primera vez en muchos años, cuando ve que se está celebrando el funeral de un Contracorriente.

Junto al camino hay un joven vestido de luto ofreciendo flores silvestres a los viajeros que pasan e instándolos a "ofrendar una flor a un alma noble cuyo largo viaje ha terminado aquí".

Kaim toma una flor y le pregunta: -¿Era familiar tuyo?

-Sí, era mi abuela.
-El muchacho asiente con la cabeza.
Es la viva imagen de alguien que Kaim conoció hace mucho.

La anciana del ataud debe de ser la muchacha. Kaim está seguro.

-Mi abuela viajó durante muchos, muchos años. Partió con mi padre cuando él todavía era un niño. ¿Ves aquella montaña de allí? Comenzó a caminar desde mucho más allá y llegó hasta aquí.

Entonces al final la joven decidió retomar la marcha.

Abandonó la vida del pueblo y con su niño de la mano continuó avanzando en su viaje sin fin.

El deseo de conocer la cuna del viento se lo legó a su hijo, que se lo transmitió a su nieto, y así el resto de generaciones.

Dirigirse a un lugar al que no se puede llegar, generación tras generación: este también es un viaje infinito.


¿Tragedia?


¿Comedia?



Quizá la sonrisa serena de la anciana de ataúd sea la respuesta.

Kaim coloca la flor a sus pies a modo de ofrenda.

Los familiares que viajaban con ella cantan a coro una canción por la difunta:


Este viento, ¿de dónde proviene? 
¿Dónde su viaje comienza? 
¿Viene de donde la vida nace? 
¿O empieza donde todo termina? 


El viento sopla.
Acaricia la vasta pradera.
Kaim da un paso largo y lento hacia su destino.
-¡Que tengas un buen viaje! -grita el joven.
Sus mejillas, abrasadas como las de la muchacha hace tanto tiempo, se ablandan al esbozar una sonrisa mientras despide con la mano al caminante.






Fin

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